Llegas. Dormido/a, como todas las mañanas, en un lugar en el que no comprendes el por qué de llegar tan temprano, cuando en ocasiones aún es de noche.
A primera hora aguantar una super-mega charla de una clase en la que tienes que estar atento 100 por 100 para enterarte de algo, y no puedes estarlo porque se te caen los ojos.
Deseas que llegue el recreo, aunque a veces es un sufrimiento. Si descartamos el enorme e incesante niñateo, hay que aguantar que de vez en cuando llueva y estemos apelotonados como ovejas. Y sólo media horita entre tres y tres horas. Es fácil de decir para algunos profesores que no tienen esas tres y tres horas de alrededor cubiertas...
Y cuando sales, cansadísimo/a, sólo piensas en que tienes que comer sin perder el tiempo, sin una triste siestecita, y debes de ponerte a estudiar.
Y ¿por dónde empiezo a estudiar? Unas 11 asignaturas, menos de dos meses para un examen de selectividad, deseando que el día tenga unas cuantas de horas más para poder dar un paseito por la calle aunque sea para no verla sólo cuando sales y entras del instituto.
Menos mal que ya queda menos... quizás menos para sufrir lo mismo en un verano caluroso.... Deseo perderos de vista y no veros en Septiembre.
¡Qué vida más triste!
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