A medida que vamos creciendo vamos forjando un camino y tomando cada vez más y más difíciles decisiones. Una persona, más o menos responsable, o más o menos centrada, sabe tarde o temprano que por muy agobiante, duro y pesado que pueda hacerse, la mejor opción que puede elegir es estudiar. Tarde mucho o poco tiempo, aunque haya muchos sacrificios... pero sabe que a la larga esos sacrificios habrán merecido la pena porque darán sus frutos y es mejor que levantarse una mañana, mirarse al espejo y ver que no has hecho nada con t vida. Los profesores que vemos cada día son personas que consiguieron llegar al final de este duro camino que estamos recorriendo entre todos. Olvidamos esto último y los convertimos en el peor de los casos enemigos. Olvidamos que es una persona esa que nos mira y nos habla, esa que nos enseña. Sólo plantead la situación en vosotros mismos: después de duros esfuerzos, de fines de semana sin salir, de difíciles exámenes... consigues acabar el instituto, y otra vez vuelta a empezar. Años y años estudiando para conseguir un sueño, y por fin acabas la universidad. Te miras a ti mismo y ves a la misma persona que hace unos años, sólo que con más conocimientos que por entonces y lógicamente más experiencias vividas. En cambio sigues siendo la misma persona, pero imagina que llegas a un aula... Alumnos con ojos abiertos que te observan desde un lugar donde tu estuviste hace no mucho sentado (porque la vida, queramos o no son dos días), y aunque sepas que eres igual a ellos, ellos no sienten eso. Te miran como si pertenecieses a un nivel superiro, en el sentido de que, piensan que no les ayudarás en ningún momento, estás en tu trabajo y si no cobrarás no te importarían. Ves que las tornas han cambiado sin comprender por qué nunca te mirarán como uno más, como una persona. Cuanto te vean por la calle con un hijo, o con tu pareja te preguntarán: ¿pero tú tienes hijos? ¿pero tú estás casado? Como si fueras de otro planeta, como si no fueran capaces de concebir una unión entre ambos mundos: el instituto y todo lo que hay fuera de él. Y es en el momento en el que les ves como a uno más cuando te escuchan y escuchas, cuando te aconsejan y te hacen reir, cuando se preocupan por ti sin pedir nada a cambio. Pido disculpas por adelantado si algún profesor se ofende, pero en este artículo me gustaría hacer mencion del profesor Alfredo Avilés de la asignatura de historia.
A pesar de la recuente dificultad de su asignatura, siempre a ayudado a sus alumnos, raramente a faltado a clase y siempre ha puesto pasión a su asignatura. No hace mucho ha ingresado en el hospital para una operación, y son cosas así las que te hacen ver que un profesor, una persona como cualquier otra, puede enfermar, puede sufrir, puede pasarlo mal y que en esos momentos, siendo tan difíciles para la vida de una persona, lo que más necesita es el apoyo de todos los que día a día le rodean. Por eso, desde el blog "vaya vida más triste", quiero desearle a Alfredo que se recupere pronto y podamos volver a verle de un lado a otro portando el cartucho del mapa por los pasillos.
Cristina Gámez Caballero
Una vuelta a la tortilla al final del camino...
martes, 25 de enero de 2011
Publicado por Cristina en 18:33
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentarios:
Vaya. Gracias, Cristina.
Publicar un comentario